lunes, 15 de junio de 2009

Sobreviviendo apenas


Veo un universo agobiado por urracas negras y
lúgubres cantos de tecolotes de mal agüero;
siento venir seguro de penas
al futuro triste con cara de desencanto nublado.


¿Con cuanto enfado y hastío puede un hombre
pensar en el porvenir,
serruchado por la carencia,
victima de los sobresaltos bursátiles
y el culebrón telenovelesco
en cada palacio gubernamental?

Ni para que agobiar a los sesos
en su ya de por sí agonizante lucha por no consumirse
atormentándolos además
con esquirlas de publicidad sucia hasta el cansancio
y ridícula hasta decir basta
de políticos y bufones,
sufragios efectivos o nulos o blancos,
si solo quiere subsistir
y no morirse de hambre,
si solo intenta sanarse
sin dinero para pastillitas mágicas y jarabes curativos,
si solo evade con sangrante esfuerzo
a La muerte que le ofrece acabar con sus días
quemado, o asfixiado como niñito inocente,
o le regala una bala perdida,
o le cobra en euros o en su defecto dólares
cada hora extra de aliento.

Por eso muchos,
como en los tiempos de “La Peste”,
se pierden extenuados y resignados
en la peripecia existencial,
a veces egoísta, a veces solo justa y merecidamente propia,
sin deseos de ver lo que hay más allá de la propia nariz
con el desesperado propósito de no morirse
ante tanto drama de la vida real
de tristeza, desaliento y decepción.

¿No es acaso más oportuno,
en momentos de prehistórica pena o de precipitado funeral,
un abrazo sincero y una mano amiga
que un spot de publicidad?

jueves, 11 de junio de 2009

Tú...



Tú,
azul Neptuno,
cosmos creciente,
gravedad regente,
amor lunar…

Tú,
sueño esmeralda,
la piel de leche,
calor celeste,
amor voraz...

Tú,
amor de puerto,
desierto y mar,
heroica casta,
amor de sal...

Tú,
tierna lujuria,
dulce deseo,
vehemente labio,
amor manjar...

Yo,
tu fiel pesquisa,
sin alas volar,
mariposa y querella,
siempre jamás...

jueves, 4 de junio de 2009

El principio del fin

¿Por qué será que siempre se encuentra un evento específico que precede a la desgracia, como si este fuera el causante de la misma?

Al recordar esa tarde vuelvo a sentir el mismo escalofrió que recorrió mi cuerpo, el que en ese momento fue un mal agüero, y que hoy corona el epitafio sobre la tumba de la vida que conocí hasta aquel entonces como tal y que precisamente ese día dejó de ser.

Mi padre no quiso celebrar su aniversario de bodas No. 20, y el novio que solía tener por aquella época no pudo (porque no quiso) acompañarme en esa velada anual que para todos es tan importante. La compañía era, a excepción de un par de personas, casi desagradable; la habría pasado muy aburrida de no ser por esa sensación que me tenía tan intranquila e impedía que pudiera mantener bajo la mesa las piernas quietas, con lo que odio que otros hagan eso.

Esa noche de Abril “fue el principio del fin”.

Los acontecimientos que le sucedieron desataron una tormenta que no ha dejado de hundir barcos y arruinar puertos cada que le es conveniente; estoy segura que tendrán que pasar muchos años más para que este océano olvide la rabia y deje de vomitar los restos de innumerables naufragios que causó además de sus incontables muertos, en el caso de que eso sea una posibilidad.

A partir de ese día, la felicidad ha sido algo que apenas siento por momentos, porque tarde o temprano vuelve a turbarme esa misma borrascosa oscuridad. Como ese mal presagio, han sobrevenido otros mucho más fulminantes, replicas agravadas de la misma condena.

Aún así, contenta siempre que puedo, aguardo esperanzada el día en que la calma llegue a mi mar.

martes, 2 de junio de 2009

Errando el blanco

Condenados estamos a fallar
cada vez que las cadenas de nuestro instinto
son más poderosas que los lazos dignos de la fe;
cuando estando juntos,
la carne se vuelve más densa que el espíritu
y la sangre más pesada que la volátil idea del decoro.

Siempre culpables
mientras seamos presos eternos de este
vínculo que nos une infatigable
y nos arrastra hasta un penoso abismo
de infinito placer.

¿Cuándo purgaremos esta suma de pecados,
que hoy amontonamos hasta el cielo,
sino en nuestra muerte?