lunes, 5 de octubre de 2009

Tanaxhuri


“... y recorrer los barrios del mundo, tocando las puertas de la gente sencilla con la Biblia en la mano.”
Eso fue precisamente lo que hice el domingo por la mañana. No es la primera vez que salimos a territorios donde no es muy frecuente que se visite a las personas debido al difícil acceso, pero yo no conocía Tanaxhuri.
En realidad Tanaxhuri no me parece una localidad, sino un camino. Inicia cuando mucho a unos 20 minutos de Uruapan y consiste en un sendero estrecho en mal estado por las lluvias, en condiciones tan extremas que había un rally de ciclismo de montaña en esa ruta. ¡Una escena notable! Al menos unas 30 personas de todas las edades montadas y repartidas en tres camionetas de redilas listas y dispuestas para buscar gente receptiva. Casi todos traíamos nuestro “itacate” (provisión de alimentos) para cuando terminara la jornada, como listos para una excursión.
Uno se siente en el paraíso en lugares como ese, se puede oir incluso el murmullo quedito de la tierra, codeándose con el canto de los arroyuelos y el susurro del viento entre las hojas del los árboles de aguacate y los anchos sembradíos de la flor “ave de Paraíso”. Debe uno captar lo que realmente puede motivar al escucha, porque si le hacemos saber que pronto la toda la tierra será un jardín exuberante y fértil nos mirará escéptico con cara de “ofrézcame algo que yo no tenga”.
Íbamos haciendo escalas sin separarnos demasiado entre huerta y huerta. A donde sea que mirara camino a la siguiente casa encontraba algo maravilloso: una begonia con olor a postre cítrico, árboles tan cargados de su fruto que rendidos se inclinan hacia el suelo, una vaca pelirroja con pestañas envidiables, helechos con hojas en forma de corazón y el verde en todas sus tonalidades. ¡Debí haber llevado mi cámara!
Pero sobre todo, cumplimos con nuestro propósito, aunque no hubo mucha gente, al menos a cada uno de los “excursionistas” nos tocó compartir el mensaje.
Y como el trabajador merece su salario, finalizada la labor, nos dispusimos a comer. En momentos así nada es particularmente de alguien y lo que de manera individual pudiera parecer un refrigerio mediocre se convirtió en un bufete de tortas de todos los sabores, yogurt para beber, refrescos, galletas y demás aperitivos que de tanta variedad no alcancé a probarlos todos. Se miraban todos felices, intercambiaban bromas, sonreían. Alegría como esa es difícil de explicar, por que es tan sencilla que no se puede comparar a ninguna otra cosa que yo conozca. Y siendo franca, hacia mucho que no experimentaba algo así.
Antes de partir, el dueño de la huerta donde nos quedamos a comer me permitió llevar una bolsa llena de limas por la módica cantidad de $5 solo que yo las tenía que cortar. Como me gustan tanto fui por las mías y escogí las más bonitas, lisas y jugosas mientras recitaba una canción de amor recién inventada, moviendo los labios imperceptiblemente bajo mi sombrero decorado con flores naturales para cubrirme del sol.