miércoles, 15 de diciembre de 2010

Carta a mi padre

Papi:

Han sucedido las cosas más increíbles desde tu partida y sin embargo, en este preciso instante –sin rencores ni reclamos- debes saber esto: que te amo.

Tu ausencia ha sido y será supongo las más profunda herida y en el camino de tu adiós fuiste dejando un rastro de dolor que me es imposible describir a grado cabal, pero igual: yo te amo.

Basta verte papi, ver tu rostro conocido, el perfil de tu nariz, tu sonrisa tan linda, tus brazos fuertes… Para olvidar por un instante todo el daño y sólo recordar al padre protector y cariñoso que se encargó de mi -junto con mi mamá- por muchos años y que sin duda alguna participó tan activamente en formar a la mujer que hoy soy. Soy tu sangre, papá. Y la sangre irremediablemente me llama a ti y me dice con voz bajita pero insistente “a pesar de todo, lo amas”.

Quiero que lo sepas, papi, y que lleves esa certeza en tu corazón por siempre: que esta niña amorosa, dedicada y entregada es así porque así la criaste, y es capaz, creativa, fuerte e industriosa porque así la educaste y te ama y te necesita porque eres y siempre serás su único padre aquí en la tierra.

Yo te necesito y nadie nunca jamás podrá ocupar el lugar que has dejado vacío. Porque puedo tener a mi hermano que me quiere mucho, y puede haber un tío que le habría gustado ser mi padre, y puedo tener un verdadero amigo que se interesa en el más mínimo detalle de mi existencia y me aconseja y me cuida, y puede haber hermanos cristianos maduros que me guían espiritualmente; y puedo tener a mi lado un hombre que me ama profundamente y me da lo que necesito como mujer, pero nunca, nunca, nunca jamás nadie podrá suplir la necesidad que tengo de sentir tu amor, amor que solo me puede dar mi verdadero padre. Y el amor que tengo para un padre en mi corazón, es sólo para ti y para nadie más. Sólo Jehová puede cambiarlo o puede reclamar de mí ese amor, pero yo prefiero que lo tengas tú.

No es momento para reclamarte nada, ni me siento tan cómoda siquiera al hacerlo, porque la verdad es que yo no puedo probar que en tu lugar habría actuado mejor o de manera diferente. No soy infalible ni perfecta, ¡al contrario! Porque siguiendo mi corazón –cómo tú lo hiciste- cometí también errores atroces, aunque, debido a tu ausencia, ni siquiera estés enterado. No puedes imaginar ni lejanamente cuanto me hiciste y me haces falta. Por eso, si me he privado de ti -acaso a tu vista siendo injusta y cruel- no es que esté tomando en mis manos el papel de Juez que solo le corresponde a Jehová, simplemente es porque la vida no puede seguir como si nada hubiera pasado. Que siga viva no significa que no hubiese momentos en los cuales habría preferido la muerte antes del puñal que hiere mi corazón desde tu partida.

Necesito, como la más antigua de mis necesidades, saber que me quieres, que te interesas por mí, que me cuidas… Que me amas como yo a ti. Y aunque nunca será tarde para recuperar tu amor, si Jehová lo permite, espero que sea pronto. No dudes en el amor de tus hijas y en que queremos tu felicidad, tu VERDADERA felicidad. Debes saber, además, que nuestra felicidad nunca será completa mientras no te tengamos de vuelta en nuestras vidas. 

Recuerda esto que vierto hoy de mi corazón… Recuérdalo siempre.

Tu hija









jueves, 25 de noviembre de 2010

Silencio



Escucho su petición
callada, aunque hablarle quisiera.

Retengo de mi boca el llamarle
Ay! cuanto le dijera

Lo que no se hizo, no será jamás.
¡si buscarme pudiera!

Cumplo su sentencia
-que más daño no hiciera-

¡Que no pida que vuelva!
él no quiere que vuelva

Respeto sus decisiones
sin esperanza, sin espera

Me ha pedido dejarlo volar
vuela paloma, no vuelvas más.

miércoles, 24 de noviembre de 2010

Alive

Encontré la más convencional de las maneras, la más simple, para confirmar de alguna forma su existencia. Que alguna vez nuestra vida se cruzó, casí para siempre y hasta me amó y lo amé. Puedo verlo brillando verde desde su ventana.

Pero él, ¿cómo sabrá de mí, que aún vive conmigo?

Yo ya no puedo contarle como es mi corazón: ni las alegrias, ni las penas, ni los cambios, ni los planes, ni los recuerdos. Lo veo lejano, desde mi puerto. Lo extraño siempre, sobre una silla y sueño con él, todavía a veces. Sus retoñitos y sus respetables raices. Su pais. Su fe y soledad. Sus risas distorcionadas por la distancia y su voz. Su voz! Su voz de mar.

Comprendo que amar no es siempre suficiente. ¡Si pudiera tan solo remediar lo irremediable! Irme con él a la Tierra de los sueños -en el cuarto nivel del sueño- y no volver jamás.

Él no se va de mi cuando se aleja.
Porque nacimos juntos a la luz y vive y crece en mi entraña más secreta.
Que nadie sepa que el niño que nace de mi corazón es hijo suyo.

lunes, 22 de noviembre de 2010

Paradoja inconcebible


Quise y por querer
me odiaron.
Odie y entonces me amaron.
Amé y odíe pero les dió lo mismo.
Dejé de amar,
enamorándome
y terminé odiandome a mi misma.

Basto amar sin límite
para que me amaran igual, entonces,
irremediable,
llegó el final.

Mas alguien me amó,
me volvieron a odiar,
llegó mi momento
para volver a amar.

En este circúlo enfermizo del amor
y del odio,
solo espero.

Ahora ¿qué pasará?

lunes, 27 de septiembre de 2010

Sólo por crear


Recién me di cuenta del porqué las obras de arte más sublimes vieron la luz siendo ayudadas por la locura o los efectos de algúna droga.

De un momento a otro todo a tu alrededor comienza a dar vueltas, la mente, abierta a las ideas nunca antes concebidas, empieza a parir los más alocados proyectos pintados con colores nuevos y formas absoutamente abstractas. La cretividad, en un clímax increible, te pone en los dedos la más apta y atrevida necesidad de plasmarlo todo.

Yo me quedé a medias.

Ya casi lo tenía, ya casi lo ancanzaba, pero no alcancé a llegar. Acaso fue porque el único enervante que viajaba en mi sangre era el contenido en una taza de café.

No lo tenía planeado pero ahora también entiendo a los que hicieron muchas locuras sólo por crear.

jueves, 19 de agosto de 2010

Ruta


Todos los días de lunes a viernes, con variaciones mínimas, realizo el mismo recorrido.

Tarde para llegar al trabajo –y en ayunas las más de las veces- me subo a mi motoneta protegida con guantes de piel color vino, casco negro y parto a mi destino. He de cruzar el umbral blanqueado con cal que representa junto con la bugambilia incipiente la fachada de mi querida casa. Luego he de sortear los autos que se estacionan justo afuera: primero el del vecino que enciende las luces de su marquesina cuando los gatos o incluso yo aprovechamos la oscuridad para regalar maullidos o besos; le sigue el compacto rojo de la vecina que sonríe con el mismo animo de quien realiza un ineludible trámite burocrático y por último el auto aún más compacto del amable y barbudo taxista de quien imagino es nieto del sobrino del tío de la primogénita de Alí Babá.

Saliendo del andador y habiendo tenido la precaución de no atropellar a algún perro a las diligentes pero despistadas amas de casa que por ahí pasan, rodeó el jardín o “área verde” que diferencia a las calles más cercanas a mi casa con las del resto de la colonia. De no ser por esa señal, triste jardín que llora hojas todo el año y vende pasto en días lluviosos, pocos sabrían llegar hasta allí sin un buen guía.

Más adelante atravieso el puente “de la Gran Parada” (el cual, no hace mucho, estuvo a punto de caer) que pasa sobre la parte más ancha del Río Cupatitzio. A su margen, además de las más variadas viviendas, están unas verdes canchas de futbol, un restaurante con juegos infantiles y la hermosa terraza ajardinada que he escogido para mi boda, si es que algún día me llego a casar.

Después, más calles y semáforos, un par de gasolineras, un hospital y un banco; la avenida arbolada y fresca que trascurre paralela a la vieja estación del tren y la glorieta con monumento frente a la cuál tuve –hasta ahora- el accidente más “grave” sobre mi moto. Todos los días, tres veces al día y a diferentes horas, mi camino ha permanecido inmutable por los últimos dos años. Cada árbol lleva un beso imaginado y las luces de colores pudieron bien haber representado mi iracundo, melancólico y hasta alegre estado de humor. A veces, mientras manejo voy cantando, otras, mientras canto voy volando y otras tantas lo he pasado pensando en el amor.

Este es el circuito de mis días, caminito pintado sobre la cinta de Moebius, constante de mis horas, patrón de mi andar.

lunes, 16 de agosto de 2010

La casa



No se por qué, hoy pensé en la casa donde viví siendo niña por el lapso de unos siete años. La misma casa vieja y cuarteada, donde mi padre tenía su modesto taller y donde mi madre disfrazaba la pobreza pintando meticulosamente de color café sus únicas botitas de tacón. ¡Vivía al borde de mundo! A espaldas de mi casa había grandes campos donde pastaban las vacas y del lado derecho está la Barranca de Huentitán. Bastaba caminar unas cuadras para internarse en el espeso matorral que bajando dejaba ver el río que nunca pude alcanzar. Del otro lado, más pobreza igual o peor que la mía. Un día me llené de piojos en el kinder. Otro día, estando sola en casa, salí caminando a la tienda de abarrotes más cercana descalza y de pura lástima el tendero me regaló un chicle. Solo tenía ganas de sentir lo que sentían los niños sin zapatos porque yo sí tenía al menos un par, gracias a Dios.

Yo siento que era feliz. Cuando recién llegamos mi papá puso un jardín con rosales enanos, pinitos, una penca de sábila, y justo en medio un ficus bebé que para cuando nos fuimos ya era un árbol de raíces destruye-banquetas que tuvo que ser cortado; yo adoraba ese jardín de apenas unos 18 metros cuatrados. Recuerdo el día en que mi mamá me dijo que estaba embarazada de mi hermano, como quien le cuenta un secreto a su mejor amiga. Recuerdo también las tardes enteras que pasaba con mi hermana jugando con insectos o a la pastelería o la sala de partos y hasta en los columpios mientras mi hermano bebé nos miraba riendo desde su andadera. La música: el sonido del martillo y la sierra proveniente desde el taller de mi papá; los aromas: el olor de la salsa “para abrir el apetito” que preparaba mi mamá en molcajete o los guisos que se cocinaban en la estufa, a pocos metros del jardín, cuando todavía me obligaban a comer carne. Los sabores: del aserrín y el lodo que me atreví a probar para confirmarles a todos lo que aún sostengo: que los frijoles saben a tierra.


Sí que era feliz.

Después, cuando crecí demasiado como para seguir cabiendo en la triple litera en la que dormía con mis hermanos menores, y debí mudarme al sillón de la sala y después entrar becada a la secundaría, a ese enorme y pretigioso colegio marista, entonces sentí por primera vez un poco de vergüenza al ver de golpe las diferencias sociales entre mis "ricos" compañeros y yo. También conocí la impotencia cuando finalmente entendí que por más esfuerzos que hiciera mi padré, jamás llegaríamos a ser como ellos. Si fueran hoy mis tristezas las mismas de entonces, acaso seguiría siendo feliz. La niñita impúber y flaquita con frenos en los dientes y de grandes ojos que no sabía nada de la vida sino disfrutar cada momento hasta en los tiempos de carencia.

Acaso por eso recordé hoy mi vieja casa, porque vi en el espejo a un esbozo de mujer queriendo ser esa misma niña de ayer.

viernes, 16 de julio de 2010

Volver


Caen anticipadamente las hojas de mis sueños
como si fuese otoño.

Hoja por hoja, prematuramente atraídas hacia
el suelo.

En el suelo están, como mi corazón.

Y brotan de entre la húmeda tierra,
alimentados por el fértil húmus
nuevos sueños.

Vida nueva, vida que de la muerte nace
dulce, frutal, anaranjada,
porque vuelvo a empezar.

De una forma que no me gusta, como no quisiera,
vuelvo a la tierra y volveré a rodar.

Incertidumbre! Ya estoy de nuevo en casa.