jueves, 19 de agosto de 2010

Ruta


Todos los días de lunes a viernes, con variaciones mínimas, realizo el mismo recorrido.

Tarde para llegar al trabajo –y en ayunas las más de las veces- me subo a mi motoneta protegida con guantes de piel color vino, casco negro y parto a mi destino. He de cruzar el umbral blanqueado con cal que representa junto con la bugambilia incipiente la fachada de mi querida casa. Luego he de sortear los autos que se estacionan justo afuera: primero el del vecino que enciende las luces de su marquesina cuando los gatos o incluso yo aprovechamos la oscuridad para regalar maullidos o besos; le sigue el compacto rojo de la vecina que sonríe con el mismo animo de quien realiza un ineludible trámite burocrático y por último el auto aún más compacto del amable y barbudo taxista de quien imagino es nieto del sobrino del tío de la primogénita de Alí Babá.

Saliendo del andador y habiendo tenido la precaución de no atropellar a algún perro a las diligentes pero despistadas amas de casa que por ahí pasan, rodeó el jardín o “área verde” que diferencia a las calles más cercanas a mi casa con las del resto de la colonia. De no ser por esa señal, triste jardín que llora hojas todo el año y vende pasto en días lluviosos, pocos sabrían llegar hasta allí sin un buen guía.

Más adelante atravieso el puente “de la Gran Parada” (el cual, no hace mucho, estuvo a punto de caer) que pasa sobre la parte más ancha del Río Cupatitzio. A su margen, además de las más variadas viviendas, están unas verdes canchas de futbol, un restaurante con juegos infantiles y la hermosa terraza ajardinada que he escogido para mi boda, si es que algún día me llego a casar.

Después, más calles y semáforos, un par de gasolineras, un hospital y un banco; la avenida arbolada y fresca que trascurre paralela a la vieja estación del tren y la glorieta con monumento frente a la cuál tuve –hasta ahora- el accidente más “grave” sobre mi moto. Todos los días, tres veces al día y a diferentes horas, mi camino ha permanecido inmutable por los últimos dos años. Cada árbol lleva un beso imaginado y las luces de colores pudieron bien haber representado mi iracundo, melancólico y hasta alegre estado de humor. A veces, mientras manejo voy cantando, otras, mientras canto voy volando y otras tantas lo he pasado pensando en el amor.

Este es el circuito de mis días, caminito pintado sobre la cinta de Moebius, constante de mis horas, patrón de mi andar.

lunes, 16 de agosto de 2010

La casa



No se por qué, hoy pensé en la casa donde viví siendo niña por el lapso de unos siete años. La misma casa vieja y cuarteada, donde mi padre tenía su modesto taller y donde mi madre disfrazaba la pobreza pintando meticulosamente de color café sus únicas botitas de tacón. ¡Vivía al borde de mundo! A espaldas de mi casa había grandes campos donde pastaban las vacas y del lado derecho está la Barranca de Huentitán. Bastaba caminar unas cuadras para internarse en el espeso matorral que bajando dejaba ver el río que nunca pude alcanzar. Del otro lado, más pobreza igual o peor que la mía. Un día me llené de piojos en el kinder. Otro día, estando sola en casa, salí caminando a la tienda de abarrotes más cercana descalza y de pura lástima el tendero me regaló un chicle. Solo tenía ganas de sentir lo que sentían los niños sin zapatos porque yo sí tenía al menos un par, gracias a Dios.

Yo siento que era feliz. Cuando recién llegamos mi papá puso un jardín con rosales enanos, pinitos, una penca de sábila, y justo en medio un ficus bebé que para cuando nos fuimos ya era un árbol de raíces destruye-banquetas que tuvo que ser cortado; yo adoraba ese jardín de apenas unos 18 metros cuatrados. Recuerdo el día en que mi mamá me dijo que estaba embarazada de mi hermano, como quien le cuenta un secreto a su mejor amiga. Recuerdo también las tardes enteras que pasaba con mi hermana jugando con insectos o a la pastelería o la sala de partos y hasta en los columpios mientras mi hermano bebé nos miraba riendo desde su andadera. La música: el sonido del martillo y la sierra proveniente desde el taller de mi papá; los aromas: el olor de la salsa “para abrir el apetito” que preparaba mi mamá en molcajete o los guisos que se cocinaban en la estufa, a pocos metros del jardín, cuando todavía me obligaban a comer carne. Los sabores: del aserrín y el lodo que me atreví a probar para confirmarles a todos lo que aún sostengo: que los frijoles saben a tierra.


Sí que era feliz.

Después, cuando crecí demasiado como para seguir cabiendo en la triple litera en la que dormía con mis hermanos menores, y debí mudarme al sillón de la sala y después entrar becada a la secundaría, a ese enorme y pretigioso colegio marista, entonces sentí por primera vez un poco de vergüenza al ver de golpe las diferencias sociales entre mis "ricos" compañeros y yo. También conocí la impotencia cuando finalmente entendí que por más esfuerzos que hiciera mi padré, jamás llegaríamos a ser como ellos. Si fueran hoy mis tristezas las mismas de entonces, acaso seguiría siendo feliz. La niñita impúber y flaquita con frenos en los dientes y de grandes ojos que no sabía nada de la vida sino disfrutar cada momento hasta en los tiempos de carencia.

Acaso por eso recordé hoy mi vieja casa, porque vi en el espejo a un esbozo de mujer queriendo ser esa misma niña de ayer.