lunes, 5 de marzo de 2012

De vuelta

La mayor parte del tiempo se me va en recordar. Paso constante e incansable brincando de recuerdo en recuerdo, desde el dolor hasta la gloria como una forma alternativa de la vida que tengo. Porque una es la vida que vivo y otra, siempre parloteando en mi mente, es la vida que recuerdo.

Es algo inevitable y supongo que no es nada extraño ni original y que más bien es algo que todos hacemos conscientemente o no. Solo que a mí, cuando los recuerdos me agobian, me empiezan a asfixiar y siento que me roban la vida -la "vida real"- entonces, me da por escribir. Los días nublados contribuyen sin duda y este día recién lo he terminado de confirmar.

Empecé a escribir en hojas de cuadernos sin terminar como a los quince años, y siempre ha sido como una forma de confesión a mi misma, anónima y taimada para desembarazarme de las culpas.

Y de culpas, yo se que no son tantas ni tan graves como las verdaderamente graves, pero con estas me basta y sobra para sentirme impelida a confesar mientras me ampara el anonimato, claro.

Por ejemplo, recuerdo la joven que solía ser cuando decidí abrir este blog. Lo hice para desahogar aunque fuera un poco la ansiedad que causaba en mi cuerpo de doncella apasionada sostener un noviazgo con un chico efervescente. Relación que pensé sería la paz de mi vientre porque tenía origen no solo en el ardor de mi juventud sino también en el cariño que nos teníamos de antaño porque eramos mutuamente nuestro chiquillo amor de infancia. Hoy, algunos años después -muy pocos para tan radical cambio- teniendo una vida plácida y sin sobresaltos, casada y siendo mamá de una bebita de seis meses, me carcajeo descaradamente y digo en voz alta "rayos! no soy la misma de antes!".

Y justo en el período intermedio, entre mis amores con un fauno y mi nuevo amor impoluto de madre, es donde reside -secreto al mundo- el parte aguas de mi vida. Parte aguas que tiene dos nombres y dos apellidos, treinta y nueve años, dos hijos y uno más en camino. Y no, no es mi esposo ni mi pariente.

Cuando abrí el blog decía que "escribía mientras ganaba valor o adquiría talento". Hoy digo que, debido a mi radical cambio de prioridades, ya no espero adquirir talento para la prosa y que por lo pronto me resulta conveniente no tener valor para decirles a los implicados directamente las cosas. El fino hilo que tenso de por sí sostiene mi equilibrio actual podría reventarse acabando con la tan penosamente paz ganada solo por darle un mínimo triunfo a la Honestidad. No tiene caso.

Pero necesito, necesito desesperadamente -aunque fatal si llega a manos equivocadas- confesar. Confesarme y desahogar conmigo misma (y con quien por casualidad por aquí caiga) mis penas y culpas, egoísta y autocompasivamente, para sentir que puedo respirar.

Por eso estoy de vuelta.