martes, 11 de octubre de 2016

Universo paralelo No.2


Estábamos en tu casa. Tú y yo, recostados en tu cama de mil plazas, platicando (estábamos vestidos, no te preocupes, justo como cuando, recargada en la cabecera y apoyando mi espalda con tres almohadas, me pongo a escribir) (acaso tú haces lo mismo).

Estabas cuidando a tu guagua mientras me contabas, preocupado, la brecha cada vez más grande con tu mujer. Que la notabas cada vez más fría y distante. Pero que sus ausencias en casa -físicamente- ya eran alarmantes. Justo en ese momento, la bebita lloraba de hambre y tenias que consolarla con un biberón. Algo andaba mal.

También preocupada, me fui a casa. Mi marido tampoco estaba, pero cuando por fin llegó, encontró mi computadora con mi correo abierto y leyó nuestros mensajes (como ha pasado antes). Me confrontó, pero su reclamo fue tan vago y tan poco sentido (como nunca ha pasado) que me alarmé. Algo acá también andaba mal.

Nos quedamos de ver al siguiente día, en un parque con bancas y mesas de concreto para picnic, con mosaicos tipo Talavera como mantel. Ibas con la bebe en su cochecito, con su pañalera con leche en polvo y biberones, porque otra vez la mamá no estaba. Yo también llegué con mi hija en su carriola, porque por algún milagro bendito, por un día volvió a ser bebé.

Tendríamos que hacer un plan. No podíamos dejar morir nuestros matrimonios: por nuestros hijos, por nuestro sentido de logro, por nosotros.

Y como en una canción cutre de Arjona, los vimos llegar caminando de la mano. Venían besándose, como lolos namoraos. Tu mujer. Mi marido.

Iban a pololear al parque, mientras tu y yo, planeábamos como recuperarlos.

No esperaban encontrarse con nadie, menos con nosotros y se armó la bronca. Ellos empezaron a reclamarnos, histéricos: "¿qué hacen juntos?"... y nosotros sin poder creer que nos estaba pasando lo mismo, al mismo tiempo y en tan semejantes condiciones.

Sin necesidad ya de esconderse, decidieron mudarse juntos. Discutían -insensiblemente
- en frente de nosotros si sería conveniente mudarse a nuestra casa o la de ustedes, o incluso barajaron la posibilidad de rentar otro piso. Creyeron conveniente que, mientras decidían, nosotros cuidáramos a los niños (todos!) y que pasarían a buscarlos el fin de semana porque se iban de luna de miel.

Se marcharon.
Nosotros no alcanzamos a pronunciar palabra. Estábamos pasmados. Esa tarde tendríamos que resolver que hacer, pero por lo pronto iría a tu casa ayudarte a hacer de comer para los niños (era tu casa por que estaba tu librero). Era abrumador: la Nena, P.P., D. (Maradona), Mi nena, Luchin y la Mariposita... (antes no se añadieron los hijos -ya nacidos- de aquel sueño tuyo con las amantes desconocidas).

Ni siquiera hablábamos. No podía imaginar situación tan desoladora, pero pensé que si algo así me habría de pasar, pues no podía pasarme con mejor persona que contigo.

No me preocupaba por tus hijos, porque sabía que mi marido era buen padre -más o menos- pero me angustié reflexionado que si tu mujer estaba dispuesta a dejar a su hija lactante con hambre, no habría de ser muy cuidadosa con la guagua ajena.

Aún estábamos recogiendo los platos de la cocina, en tu casa, cuando llegaron. Parece que en su viaje el tiempo avanzaba más veloz, porque confesaron que después de una semana juntos habían comprendido que no se soportaban, que extrañaban como locos a sus hijos y rogaron por volver, cada uno con su cada cual. Y nosotros apenas que nos hacíamos a la idea de volver a comenzar.

No sé porque tuvo que ser así mi sueño. Yo estoy segura que tu esposa no sería capaz de dejar a sus hijos. Y de mi marido, no sé... Ni siquiera me pongo a pensar que pasaría si un día me pinta los cuernos. Y si a los dos nos pasara lo mismo, y nuestras depresiones se juntaran, creo moriríamos ahogados -pero abrazados- con nuestras propias lágrimas.

Mi sueño perfecto sería uno en el que estemos todos juntos, en el que pueda abrazarte (mi amigo, mi hermano, mi sinforoso, mi partícula lejana) sin que me ahorque tu mujer o le dé un ataque cardíaco a mi marido. Uno en el que platiques con mi niña y te maravilles con sus ideas y se rían hasta que les duela la panza mientras yo me como a besos a la guagua -esos antojables cachetes- y le digo al peque cuanto envidio sus pestañas.... Y tu esposa, tus hijos mayores y mi marido juegan futbol. Todos juntos. "Debe haber algún lugar en el mundo". Acaso en un parque para picnic como el de este abyecto sueño.


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